Hay herencias que no se firman ante notario. En la frutería Loli, trabajan Cornelio (33 años) y Mihail Minea (56 años). Son padre e hijo. Llegaron de Rumanía hace dos décadas. “Cogimos el negocio de una pareja que se jubilaba”, explica Cornelio. Mihail recuerda sus inicios no con la firma de un contrato, sino con un rito: «Aquí tomando una copa de vino en la frutería». 

Mihail describe así a su padre: «Es una persona acogedora. La confianza con él es máxima«. Esa cercanía permite que se genere una jerarquía distinta: «Somos una familia normal. Si hace falta quedarnos una hora más, lo hablamos y nos quedamos«. 

Sin embargo, ese exceso de confianza es un arma de doble filo. “A veces tienes que decir algo que a un compañero le dirías con delicadeza: Oye, estás haciendo esto mal. Te lo piensas dos veces. Nosotros decimos las cosas con respeto y todo funciona”, añade el jefe. 

Cornelio y Mihail Minea, propietarios de la frutería Loli. CRISTINA BARRO.

En la carnicería Javier Sanz, Xavier (43 años) es el guardián de un saber artesanal. Lo dice con el orgullo de quien sabe que custodia un tesoro: «Es algo que he aprendido de mi padre. Creo que somos los únicos en Navarra que hacemos nuestro propio jamón cocido, nuestras propias morcillas, rellenos y chorizos”. 

Su formación empezó cuando otros niños jugaban: “Recuerdo que, cuando era más crío y tenía fiesta en el colegio, venía a echar una mano. Empezaba con un pollo, que es lo más sencillo de deshuesar. Me ponían una torre de ocho o diez cajas y, cuando acababa, me iba. Me venía bien porque estaba entretenido”. 

Sanz agradece la relación con su jefe: «Tengo la inmensa suerte de que mi padre, aparte de padre, es mi amigo. Él me lo ha puesto fácil, y yo a él también». 

Javier y Xavier Sanz en su carnicería de Iturrama. CRISTINA BARRO.

En el Bar Olary, Zho (29 años) acompaña a su padre, John (58 años) los días de más ajetreo. Estudió Comunicación Audiovisual y colabora con su familia en la restauración: “La vida en el bar siempre ha formado parte de mi vida. No lo elegí, pero crecí en este ambiente. De pequeña no trabajaba, pero siempre estaba aquí”. 

Para ella, estar en el bar es una forma de agradecer: «Más que admiración hacia mi padre, siento agradecimiento. Él se dedica al bar al cien por cien”. Zho lo resume su relación con sencillez: «Tenemos el mismo carácter y nos parecemos mucho». 

Zho y John en el bar Olary de Iturrama. CRISTINA BARRO.

Esta cadena de tradiciones recorre Navarra de norte a sur. En Pamplona el 86,6% de las empresas navarras son familiares, según un estudio realizado por la Universidad Pública de Navarra. Es el mismo latido que une a Miguel y Mikel Merino en el césped, a los Albizu en el balonmano y el fútbol sala, o a los Elizari en esgrima. Es la música que pasa de los genes de Kutxi Romero a su hijo Aarón, o el compás de los Oficialdegui con las gaitas. 

Desde la zapatería Ayesa hasta la joyería Cervera de Tudela, pasando por los fogones de los Yárnoz o las barricas de los Magaña, el mensaje es el mismo: ser hijo de alguien que disfruta de su oficio es partir con ventaja, pero también con la responsabilidad de no dejar caer el testigo. 

Para Mihail, Xavier y Zho, el negocio es el lugar donde sus padres son referentes; un espejo del que aprender no solo cómo cortar la carne con precisión, servir un café en hora punta o organizar la fruta, sino también una forma de estar en el mundo. Sus jefes son los mismos que los vieron crecer y los que hoy les acompañan al otro lado del mostrador. 

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