“Creo que el 80% de la gente no quiere cambiar ningún aspecto de su memoria porque es parte de nuestra identidad”, responde el neurocientífico Steve Ramírez en una entrevista del diario El País. Hoy, en España, hay más de 800.000 personas a las que el Alzheimer persigue y para quienes la música se ha presentado como el único recuerdo que la enfermedad no puede borrar.

Existe una zona del cerebro, en la corteza premotora ventral, que parece resistirse a la pisada del Alzheimer. Esa zona es la caja en la que se guardan las canciones. Los pacientes pueden olvidar la existencia de sus hijos, la dirección de su casa o su propio nombre, pero curiosamente el ritmo de una rumba o la letra de una balada pueden permanecer intactas.
En 2019, el vídeo de una mujer anciana en su silla de ruedas dio la vuelta al mundo. Difícilmente mantenía la postura e iba arreglada para la ocasión: broche, pulsera de perlas, corte de pelo milimétrico, mirada perdida. Era Marta González, una exbailarina enferma de Alzheimer. Sonaba Swan Lake de Chaikovsky en los auriculares y como un obrador que tiene mecanizado el amasado de la masa madre, Marta reproducía el baile de El lago de los cisnes que tanto bailó alrededor del mundo cuando ejercía como profesional. Era el efecto de la musicoterapia. No era cuestión de fármacos, sino del tratamiento que Pepe Olmedo, psicólogo granadino, usaba con Marta.

Pepe Olmedo es fundador de `Música para despertar´, una innovadora iniciativa que emplea la música como herramienta para mejorar el día a día de los pacientes con Alzheimer. Su labor se usa ya en hogares, hospitales y residencias en donde el rasgado de las cuerdas de una guitarra o la agudeza de una voz soprano es capaz de sacar una sonrisa y redimir recuerdos de los enfermos. Según la Fundación de lucha contra el Alzheimer Pasqual Maragall, la música activa redes neuronales que otras actividades no logran alcanzar. Al escuchar una melodía familiar, el cerebro libera dopamina y endorfinas, lo que reduce la ansiedad y la agitación, síntomas comunes en las fases moderadas y avanzadas de la enfermedad.
Lo que comenzó como un proyecto de sensibilización de Pepe Olmedo en Granada se ha convertido en una necesidad global. En un país como España, con una de las esperanzas de vida más altas del mundo, el abordaje de la enfermedad necesita de estas terapias no farmacológicas. Mientras no exista una cura completa para la demencia o el Alzheimer, este tipo de prácticas suponen un alivio no solo para las familias o los pacientes, a quienes devuelve el brillo en los ojos durante unos minutos, sino que también sirve como canal de comunicación para los profesionales que cuidan de los enfermos.
“A raíz de lo que la música remueve podemos seguir rescatando recuerdos que todavía están ahí pero con un acceso complicado. A través de la emoción vamos a poder sacar más recuerdos sin forzar” comenta Olmedo en una entrevista para la Cruz Roja. En una mente en la que los recuerdos bailan, la musicoterapia se muestra como un ritmo al que esas memorias pueden ajustarse.

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