Fátima Presencio (25) y Aurora (83) quedan una vez por semana para tomar café, pasear y celebrar los cumpleaños. Ambas forman parte de ‘Grandes Amigos’, una fundación nacida en 2004 en el barrio madrileño de Prosperidad con el objetivo de tender puentes generacionales. Lo que comenzó como una iniciativa local es hoy una red consolidada en Madrid, Cantabria, País Vasco, Galicia y provincias como Alicante y Cáceres que, a través de una estructura de voluntariado horizontal y vecinal, trasciende el apoyo asistencial para fomentar una amistad recíproca.
Esta labor se enfrenta al reto de las soledades. Según el informe sobre la Prevalencia de la Soledad en las Personas Mayores del Ayuntamiento de Madrid, no es solo un estado, sino una herida social persistente. Alba Sánchez, técnica de comunicación de la entidad, subraya esta complejidad: “Debatimos si se considera correcto hablar de soledad en singular; ahora lo hacemos en plural por tantos tipos y formas de vivirla diferente”. Ella misma arroja una verdad estadística y social: «Los jóvenes son el colectivo que más sufre la soledad, pero en las personas mayores se vive de forma crítica». La diferencia reside en las herramientas; mientras un joven usa el móvil para conectar, para el mayor la brecha digital es un muro insalvable. Los datos del Observatorio Estatal de la Soledad no Deseada respaldan esta urgencia: la soledad aumenta significativamente a partir de los 65 años y alcanza al 20 por ciento de los mayores de 75.
El caso de Fátima y Aurora ilustra el impacto de esta red. Fátima, bilbaína residente en Madrid, contactó con la asociación para acompañar a alguien en su barrio: «Es un rato de la semana para no pensar en mí y ayudar a los demás», confiesa. Tras una formación conoció a Aurora, cuya vida se había detenido tras la muerte de su marido. «Yo aquí ya no hago nada, me quiero morir», le decía a Fátima en sus primeros encuentros. Sin embargo, el acompañamiento rompió esa inercia.
Fátima relata que el cambio en Aurora ha sido resaltable: «Sigue llorando por la ausencia de su marido, pero le cambias de tema y se le olvida. Cada vez le apetece más salir a la calle o sentarse en un banco a tomar un café». Aurora comenzó a recuperar su identidad al relatar su pasado, desde cómo su marido la conquistó hasta recuerdos de infancia. Para Fátima, la experiencia también es transformadora: «Te hace valorar las cosas y a la gente que tienes al lado. No cuesta nada ir dos horas a la semana, te despejas y sales de tu zona de confort».

‘Fundación Grandes Amigos’
El éxito de la fundación radica en la proximidad. «Si la persona mayor no tiene movilidad, pueden quedarse en casa y merendar. El voluntario es el apoyo que permite que esa persona con andador pueda saltar los escalones y salir al mundo«, explica Alba Sánchez.
Según ella, además, existe una clara brecha de género: «El 90 % de las personas mayores que participan en el programa son mujeres«. Alba señala que ellas tienen más facilidad para hablar y verbalizar que necesitan el acompañamiento. En los hombres, la socialización suele estar limitada a la pareja; al enviudar, se quedan sin red: «Tener un mejor amigo al que contarle sus penas es algo muy raro para un hombre de esa edad».
Los beneficiarios suelen venir derivados de centros de salud o Cruz Roja, detectados por profesionales sanitarios. El perfil del voluntario es más variado. Si bien hay muchos jóvenes, el núcleo duro son mujeres de 45 años, en ocasiones desempleadas. Alba recuerda casos significativos, como el de una chica de Málaga que, al mudarse a Madrid, buscó en una mujer mayor el referente familiar que le faltaba: «Echaba de menos a su abuela y al quedar con Concha hizo que tuviera una relación muy cercana, al tener a alguien que le aconsejara en todo».

La fundación ejerce un control estricto. Al tratarse de una relación de amistad, Alba advierte que «es fácil que se pasen ciertos límites», por lo que los voluntarios reciben formación para mantener la relación en el plano vocacional, sin intercambios monetarios.
Más allá de lo presencial, ‘Grandes Amigos’ ofrece acompañamiento telefónico para personas en lista de espera o zonas sin grupo de acción. Es un trato regular donde también nacen vínculos fuertes, como el de Dani e Isabel: él le enviaba fotos de sus vacaciones por WhatsApp para que ella pudiera participar de su viaje.
Este impacto es visible en el tiempo. «Les veo tres veces al año y veo el progreso. Es un cambio increíble: vuelven a recuperar su espacio en la ciudad y el entorno«, afirma la técnica. “Especialmente crítico es el caso de mujeres viudas que se mudan de zonas rurales a ciudades como Madrid, donde se sienten totalmente aisladas sin hijos cerca”, añade.
En la capital, esta labor es también una forma de resistencia vecinal. En plena presión inmobiliaria, ‘Grandes Amigos’ lucha para que «el bar de toda la vida no se convierta en café de especialidad o tienda de souvenirs«, comenta entre risas Alba. Su objetivo es mantener en la zona un espacio de convivencia.
Alba Sánchez define ser un «Gran Amigo» como una forma de establecer una relación bidireccional: «Se trata de relaciones entre personas que, por encima de edades y etiquetas, se benefician mutuamente«. Como demuestra el vínculo entre Fátima y Aurora, “basta con dos horas a la semana para devolverle a alguien el deseo de seguir participando en el mundo”.
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