Esta entrevista se realizó in situ (Massanassa, Valencia) el 2 de noviembre de 2025, pasado el aniversario de la tragedia.

“Tiene el cancán, las enaguas, el pololo, los zapatos, sus calcetines… esto es todo a mano, ¿eh?”. Teresa Ruiz Benaclocha, valenciana de 86 años, conocida en Massanassa como La portalesa, enseña orgullosa el traje de fallera que está bordando. Todo lo que pasa por sus manos tiene un destinatario. Siempre ha sido así —este será para la novia de uno de sus nietos—. A los 14 años aprendió el oficio. Lo hacía para el pueblo: “Tenía que trabajar. Dejé el colegio a los 13 y ya me puse a bordar. Bordaba de todo. Venían las mujeres con sábanas, toallas… y te decían, ponme el nombre, dibujos, lo que fuera. Luego lo pagaban y ya está”.
De aquellas fichas y patrones con los que empezó no queda ninguno. El 29 de octubre de 2024 la DANA arrasó con el interior de su taller. Un espacio que desde 1968 había sido su oficina de trabajo. La suya, la de su marido —tapicero— y la de su hija, Teresa Portalés Ruiz, de 57 años, quien cose por afición desde los 12.
—Entró hasta… mira, mira la raya dónde está. Son tres metros desde el suelo. Nos llegó todo. Estamos en primera línea.
Teresa —hija— abre las puertas de esa especie de bajera que, más de un año después de la tragedia, persisten en reconstruir. El sitio está dividido entre todos los hermanos. Con ella, son seis. Cada uno tiene su zona correspondiente. La entrada queda así como una perfecta mezcla: mitad taller de costura, mitad taller mecánico.
Cualquiera diría que ahí nunca ha pasado nada. La vida sigue y Las teresas se mueven ligeras entre cajones, maniquíes y telas. Todo en orden. Sin embargo, el que se para a observar las paredes es interpelado por unos rastros marronáceos que resultan inequívocos. Más aún: las columnas siguen húmedas.
“Mi madre es que venía todas las tardes aquí. Ese día, como mi hermana es maestra y cancelaron las clases de la tarde, le dijo a ella que valorase quedarse en casa y no ir al taller. Si no, le hubiera pillado aquí”, cuenta la hija con la mirada fuera; en aquella noche.

EL RECUERDO
Además de su pasión, Teresa Portalés tiene dos trabajos: como monitora en un colegio de Massanassa y como trabajadora de la limpieza en otro. En este último, situado en la misma calle que su taller, es donde le pilló cuando llegó la DANA.
A los niños los mandaron a casa a la una y media porque había alerta roja. Entonces, nos llegó un WhatsApp de la empresa de limpieza avisándonos de que, pese al aviso, nosotras manteníamos el horario y la jornada normal.
Cuatro compañeras fuimos a trabajar. Y fíjate que yo a las siete de la tarde me vine al taller. “Tengo una sensación mala”, dije, “voy adentro y subo aunque sea los trajes encima de la mesa”. ¿Tú te piensas que sabía que iba a subir tres metros? Los hubiese subido a la planta de arriba, pero, vamos, es que es inimaginable.
Volví al cole y cuando estaba yendo a fregar el pasillo vi que estaba entrando agua con barro por abajo. Empecé a chillar y corriendo, corriendo para arriba. “¿Y Teedy? ¿Dónde está Teddy?” —Teddy Shiferaw era el conserje del colegio. Vivía ahí junto a su mujer y sus dos hijas— Teddy me oía, pero no podía salir. Entonces saltó un señor que estaba por la calle y con otro vecino, un chico jovencito, me tiré al agua. Estaba como en una jaula. Nos lanzaron una maza por arriba y pudimos arrancar el marco. Teddy tuvo la suerte de que la puerta se abría hacia adentro. Si se llega a abrir hacia afuera, no sale. Se ahoga él con su mujer y las niñas. Cuando salieron, nos subimos todos, claro. Toda la noche allí, pendientes de cómo crecía el agua. Hasta las seis de la mañana, que empezó a bajar, y nos fuimos a casa.
BAJO EL AMPARO DE LOS SANTOS
Mientras rememora, Teresa saca ordenadamente puntillas de los estantes. El mobiliario cuenta su propia historia: “Aquí se reventaron todos los cristales —señala—. Este armario, por ejemplo, salió por la puerta”. Sobre él, hay ahora una figura de Santa Teresa. “Mira cómo la tenemos… llena de barro. Se salvó de la riada. Ella y el agua bendita de la Virgen de Lourdes. No se fueron”.
A esa luz se suman las ayudas particulares que han amainado el camino: “Aquí hemos tenido pérdidas de 40 a 50 mil euros y, como no es una vivienda y ya no hay negocio, no hemos recibido nada… porque mis hermanos tienen muchos amigos y han hecho una piña. Ha sido todo por ellos y por mucha gente que nos ha ayudado. Si no, es imposible”.
—Gràcies als voluntaris…
Teresa —madre— irrumpe la conversación. Cuando oye su voz, su hija aprende a parar; nubla el recuerdo; calla; sonríe. “Mi madre es que viene aquí y se distrae y está bien”, confiesa como si fuese ella misma de quien habla. Agarra un cojín. Está personalizado con una foto de sus hijas: Susana, de 25 años, y Bárbara, de 20. Están vestidas de falleras. No hace falta decir quién ha hecho los trajes.
“Mi madre borda y yo coso. Somos un equipo”, presume. Sí, por primera vez, asoma un tímido orgullo. Solo cuando el tema de conversación es la familia. No cualquiera, la suya. “Somos 23, nos ayudamos mucho. Mi pequeña dice que su abuela es… ¿Cómo dice?” Responde la abuela:
—Eterna.
Sin darse cuenta, en dos horas la mesa de trabajo se ha llenado de pitets —baberos—, diseños vanguardistas, delantales, revistas de costura de los 70, patrones, retales, manteles. Nada de lo que hay es para ellas. Muchos son futuros regalos, encargos. Algunos lo revelan por los nombres cosidos en su estampado. Familiares, amigos, vecinos, conocidos… la lista en tantos años resulta inagotable. Teresa —madre— es consciente: “Todos me quieren, no sé por qué será”. Tampoco hubiese hecho falta nada de lo anterior para ello. Aunque no está nada mal…

“Todos los hermanos —los seis— perdimos el coche, pero es curioso que sí se haya salvado esta máquina de coser. Tendrá unos 150 años, era de mi abuela”, detalla la hija. Todo apunta a que hay alguien que no quería que esta historia acabase. ‘Teresa madre’ —hermana, tía y abuela— deja los hilos para asomarse al móvil de su hija. Ha buscado una foto de las Navidades pasadas. La miran. “A mí Dios me ha dado un don”, masculla por lo bajo. Ya no habla de los bordados.
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