Jorge Sánchez Doñoro, natural de Hita, y Jaime Torija, del Casar, representan una mocedad que ha decidido apostar por el campo y el ruedo. Los dos guadalajareños con tan solo 21 años sacan horas al reloj para que la llama de la tauromaquia no solo se mantenga encendida, sino que brille con la fuerza de quien tiene toda la vida por delante. En este rincón de la península, lo moderno y la tradición no chocan, sino que conviven en las manos de las nuevas generaciones. Son jóvenes que, entre apuntes de termodinámica y ecología, han tomado la decisión de que su destino está junto al toro bravo.
Para Jorge, representante de la ganadería de Sánchez Doñoro, el mundo del toro no fue un capricho de la edad, sino una búsqueda de sentido y equilibrio en su vida futura. Mientras otros niños soñaban con ser futbolistas o youtubers, Sánchez buscaba un trabajo que le diera ilusión al despertarse cada mañana.
«No recuerdo encasillarme en una profesión concreta», confiesa Sánchez, quien hoy compagina sus responsabilidades en las dehesas con la carrera de Ingeniería Agrónoma. Es precisamente esa formación técnica la que le permite ver el campo con una mirada renovada, conectando con otros jóvenes que, como él, entienden que el futuro del sector rural depende de la profesionalización y la pasión.

El proyecto ganadero de los Sánchez Doñoro nació oficialmente en julio de 2024, cuando adquirieron un lote de vacas de la ganadería de Gerardo Ortega. Buscaban un tipo de toro que les gustara tanto por su morfología como por su comportamiento en la lidia. Ubicados en el término municipal de Hita e inscritos en la Asociación de Ganaderos de Lidia Unidos, esta ganadería, formada por Jorge, su padre Rafael y su hermano Marcos, ha decidido convertir un sueño en una realidad.
Mi padre ha sido siempre un grandísimo aficionado y siempre ha tenido este sueño de criar sus propios toros bravos
jorge sánchez doñoro
Aunque su abuelo crió ganado manso y caballos, ha sido la actual generación la que dio el salto a la cría del toro de lidia, aprovechando la oportunidad de empezar con una genética de primer nivel. Con apenas dos años de experiencia como ganadero, Sánchez se define como un novato en este mundo, lo que no quita que camine en él con seguridad.
Entre las aulas y el ruedo
A pocos kilómetros, Jaime Torija, un joven novillero de El Casar, también en Guadalajara, tiene una vida parecida. Jaime no nació con la seguridad de querer ser torero, su afición creció poco a poco, entre tardes de toros con sus padres y encierros en su pueblo. Lo que empezó como un juego, cogiendo por primera vez una muleta en su pueblo, terminó convirtiéndose en una vocación que hoy le exige una disciplina rigurosa.
La vida de Torija es un equilibrismo constante. Al igual que Jorge, es estudiante de Ingeniería. «Madrugo bastante, voy a clase por la mañana a la universidad y luego por las tardes vamos a la escuela a entrenar«, explica el novillero. Es un esfuerzo que no siempre es comprendido en el ámbito académico. Recuerda una ocasión en la que tuvo que elegir entre un examen y una novillada, ante la negativa de un profesor de cambiarle la fecha de la prueba, a pesar de su compromiso con el toro.

Su momento más feliz hasta la fecha fue su debut en El Casar, rodeado de su gente y amigos, una experiencia que describe como «inolvidable». A pesar del miedo lógico de una madre que «lo lleva un poquillo peor» por el respeto que le infunde el peligro, el apoyo de su padre y su propia determinación lo mantienen en el camino.
Ser joven en el mundo del toro no es solo una cuestión de romanticismo, es enfrentarse a la cruda realidad de la naturaleza. Sánchez es consciente de que el ganado no entiende de vacaciones ni del mal tiempo: «El ganado come todos los días: da igual que lleve un mes lloviendo por ejemplo, siempre hay que estar encima de él». El joven arriacense no busca el enriquecimiento rápido. De hecho, cuestiona el término «emprender» en este sector, ya que la rentabilidad en las ganaderías de toro bravo es parte de un disfrute reservado a una élite muy reducida. Su objetivo es ser autosuficiente, que la ganadería produzca bastante para mantenerse y que sea una fuente de disfrute familiar y de orgullo personal.
Por su parte, Torija ya conoce el sabor de la derrota física en el toreo. Hace dos años, mientras se preparaba para una novillada, un pitonazo le provocó una rotura del ligamento cruzado y de ambos meniscos. Le operaron en junio de ese año y la recuperación se prolongó hasta marzo del año siguiente. Volver a ponerse delante de un toro tras meses de rehabilitación es parte de esa suerte de “tener un ángel”, como expresó el torero peruano Andrés Roca Rey.
El futuro del toro
Más allá de la épica del ruedo, ambos jóvenes coinciden en el valor ecológico y social de la ganadería brava. Torija defiende que el toro es el auténtico guardián de la dehesa. «Sin el toro bravo sería imposible mantener estos ecosistemas», afirma, que en zonas de monte, las vacas ayudan a limpiar el terreno y prevenir incendios. Sánchez también ve un rayo de esperanza en el relevo generacional. Aunque reconoce que en su zona no hay muchos ganaderos jóvenes, percibe el potenciamiento del campo a nivel nacional. «Sin toro, no hay fiesta; y, sin fiesta, no hay pueblo», asegura el joven ganadero.
¿Dónde se ven estos jóvenes dentro de una década? Sánchez, fiel a su filosofía de ir «paso a paso», no se marca objetivos ostentosos. No sueña con lidiar en las plazas más grandes, sino con tener una ganadería «conocida» y «en la mano», donde cada animal haya sido seleccionado con mimo, buscando fuerza, transmisión y movilidad. Su meta es disfrutar del proceso de selección y tentar sus primeros productos el próximo año.
Torija, por su parte, mira hacia las grandes figuras como Manzanares o “El Juli”, sueña con alcanzar esa satisfacción gloriosa de ser una figura del toreo. Si la vida le alejara de los ruedos, tiene claro que su lugar seguiría junto al animal que ama como vaquero. Para él, conseguir como ganadero que un toro embista es un trabajo complejo y, casi, milagroso.

En un mundo que a menudo aprieta a los jóvenes con la toma de decisiones prematuras, ellos han decidido no renunciar a nada; ni a los libros, ni al barro, ni a la melodía de una media verónica o a la ternura de ver nacer a un ternero. Mientras haya quienes estén dispuestos a perder una convocatoria de examen por un sueño o a pasar la noche bajo la lluvia por su ganado, el mundo rural y el toro bravo seguirán teniendo hueco.

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