
ACTO I. PASIÓN
“¡Chicos!, escuchadme todos que voy a dar instrucciones de lo que va a pasar a partir de ahora”. El auditorio no se atreve a murmurar. Quien habla es Pachi Muñoz Gómez (1988), natural de Jaén, actual Presidente de la Federación de Teatro Amateur de Navarra y director de la compañía Speculum Vitae. En unas horas —15 de febrero—, estrena en el Civivox de Iturrama su nueva obra Más que palabras. “Quiero un equipo haciendo todas las perchas. Goi y yo vamos a repasar las luces y calibrarlas al escenario, luego voy a poner una grabadora de audio aquí y una de video ahí arriba”. Para él, ni un segundo pasa en vano: a las 19 horas empieza la función.
“Me da miedo cuando habla Pachi muy alto… eso es que deberíamos estar haciendo algo”, bromea desde el camerino, donde se alcanzan a escuchar las indicaciones, Iñigo Gorosquieta Pérez, de 20 años, uno de los actores. Él se inició en el teatro con seis años: “Empecé porque me lo fomentaron mis padres. Desde entonces no he parado. Podría decir que me enamoré. También estuve mucho tiempo en teatro musical”.
Los papeles que Iñigo ha interpretado a lo largo de su vida no alcanzan a contarse con los dedos, ni siquiera las representaciones que tiene de aquí a septiembre. Ah, y es profesor de teatro de niños de seis años. “Yo no me imagino una vida sin actuar y sé que no me quiero dedicar profesionalmente a esto —le gustaría estar en algo de cine—. Para mí, es una liberación, el momento de la semana en el que sueltas, juegas y eres otra persona. Sobre todo eso, entrar en un grupo así, amateur, en el que todos lo estamos haciendo por pasión y vienes y no te juzgan porque realmente no tenemos ninguna necesidad de estar aquí”.

No será el único. Según los últimos datos de la Confederación Escenamateur, se estima que en España existen unos 2.500 grupos que se dedican a las artes escénicas de forma no profesional, lo que implica la participación de unas 50.000 personas, con más de 26.000 representaciones anuales, que reúnen a casi 4 millones de espectadores.
“Tenemos una respuesta muy buena. La gente valora tanto la calidad artística como el contenido porque el teatro amateur es un teatro más libre. Nosotros no tenemos que responder a criterios económicos. Hablamos de lo que queremos. Si queremos hablar de un tema social que nos importa, lo hacemos desde la verdad y desde saber que no tenemos que responder ante nadie”, explica Muñoz. En Navarra, habrá alrededor de 40 grupos y, califica, estar en una etapa de crecimiento, aunque denuncia la falta de apoyo al sector por parte de los programadores culturales. Vuelve al escenario.
Con las butacas vacías y a oscuras, se respiran los detalles previos. Solo se escucha la canción I only have eyes for you, de The Flamingos y, entre otros, se vislumbra a Egor García Ganuza, de 19 años, ensayando su papel. Hoy hará de ejecutivo y matón. Así que tendrá que intentar disimular la inocente sonrisa que fuera de escena le caracteriza. “Empecé con diez años porque soy una persona como muy teatrera. Esto es como una forma de aliviar todo lo que tengo adentro, de hacer cosas, de imaginar… He querido ser actor desde que tengo uso de razón”, cuenta García.
Uno de los momentos favoritos de Egor es el que está viviendo: “La magia del ambiente grupal del día del estreno, ver las luces, ver cómo va a ser. Esa presión…” Y es que para digerir los nervios, a las directrices de Pachi se suman los abrazos tan solicitados en los últimos momentos de Alejandra Smith —subdirectora—, quien hoy protagoniza la obra como Helena, una chica que pasa los días encerrada en un apartamento para lograr escribir una obra maestra con la que ser recordada.
El guion lo ha escrito Pachi Muñoz. “A mí lo que me ha hecho tener algo de lo que escribir es la Psicopedagogía —carrera que, mezclada con Comunicación Audiovisual, estudió—. Para mí, el teatro es una herramienta de pedagogía. Por eso, siempre que tengo algo que quiero contar, con lo que quiero educar y que quiero que cambie la vida de la gente, escribo una obra para ello”, apunta.

El perro verde
Speculum, en concreto, se trata de una compañía un tanto peculiar. “Funcionamos de manera totalmente diferente. La mayoría de grupos tienen muchos años y suelen funcionar con grupos cerrados de personas. En el caso del mío, el perro verde, cada obra tiene un elenco diferente y todas las partes técnicas y de dirección las hago yo”, explica Muñoz. Eso es lo que hace que en la misma mañana del estreno estén convocados actores que no forman parte del elenco. No de este, pero sí del de la semana que viene, al que, por ejemplo, también pertenecen Íñigo y Egor. Ensayan entonces Bodas de sangre, una adaptación cómica de la obra de Lorca que representarán el próximo viernes 20 en el auditorio de Villava.
Dos de estos actores convocados son Cristina Garay Izquierdo, vitoriana de 47 años, y Unai Mezquiriz Navarro, pamplonés de 51. Ambos, además de actuar, se animaron a crear el año pasado su propia compañía, ceñida al género de la comedia: La korrala de Triki Trake. “Nos queríamos llamar solo Triki Trake porque representa un poco lo que son los fuegos artificiales, el ruido de algo explosivo, de algo divertido… pero estaba cogido. Y, al final, la korrala porque es donde antes se hacía teatro, en el corral de comedias”, detalla Garay.
Ella es terapeuta ocupacional. Empezó en el teatro con 40 años en la escuela Butaca 78: “Nunca había hecho nada de esto, pero yo trabajo con pacientes que están muy, muy fastidiados. Así que es como si hiciese teatro todos los días, mi estado anímico puede influir en sus tratamientos”.
Fue en esa misma escuela donde conoció a Unai, en su caso, ingeniero, con alrededor de 20 años de experiencia teatral desde sus inicios: “Te engancha. Cuando sales, esa adrenalina, el estar en el escenario… te das cuenta de que la gente viene a verte y que tienes que estar a la altura”. Aunque sean los mayores del elenco, pasan totalmente desapercibidos y en un abrir y cerrar de ojos se suman hilarantes a la conga que acaban de empezar a ensayar el resto de sus compañeros. Sí, forma parte de la obra que viene.


ACTO II. ALBOROTO
El día 7 de enero de 1983 se estrenó la primera función del grupo de teatro amateur Kilkarrak, ubicado en Estella-Lizarra. Así es como lo revive Pedro Echávarri Vega, de 67 años, uno de aquellos fundadores que aún sigue dentro de él: “Yo estudié Magisterio en Pamplona y ahí estuve vinculado a Pitos y Flautas un grupo de estudiantes que trabajaba el teatro infantil. Así que al volver a Estella, ya tenía ese veneno metido”. Estella cuenta con alrededor de 14.000 habitantes. Según el Primer Informe General sobre el Estado del Teatro Amateur (2024), el 36,8 % de las compañías aficionadas desarrollan su actividad en municipios de menos de 20.000 habitantes.
Sin embargo, no es fácil. “Quería formar algo, pero los primeros intentos fueron un poco frustrantes. Teníamos carencias de todo tipo, desde formación hasta infraestructura. Al final, un concejal me ofreció hacerme cargo de un área de teatro y fue a partir de ahí que fui conociendo gente interesada, conseguimos un local para ensayar y surgió un grupo”, recuerda el fundador.
¿Kilkarrak? Pedro sonríe: “Cuando estábamos buscando un nombre para el grupo, teníamos claro que queríamos que fuera en Euskera, pero no los típicos nombres relacionados con el teatro. Entonces hubo un momento que en esa reunión hubo revuelo y dijo uno, joder, ¡esto parece una caja de grillos! Ya está. Mira a ver cómo se dice grillos en Euskera (kilkerrak). No es exactamente kilkarrak, pero para hacerlo más sonoro adoptamos esa denominación. Y en efecto también va un poco con el espíritu que entendíamos nosotros del teatro, que tiene que ser alborotador”.

Cuatro décadas
Contar con una compañía de 43 años que siga todavía en activo, como él lo clasifica, es un fenómeno extraño: “A mí me atrae mucho el contar una historia y el trabajar en equipo, que me parece fundamental. Nosotros, afortunadamente, hemos creado lazos muy interesantes de relaciones humanas y la verdad es que ahora hay muy buen ambiente en el grupo. Quizá incluso mejor ambiente que en los comienzos”.
Aunque haya pasado muchos más años como director, Pedro reconoce con boca de niño que lo que le tira es actuar: “Sufro mucho dirigiendo. Estás en todos los papeles, muy pendiente de todo… paso más nervios”. Por suerte, para esta obra —Una boda en un funeral— que están ensayando de cara a diciembre, le ha pasado la batuta a Yolanda García Vega, informática de 49 años, quien comenzó teatro a los 15 en el instituto; con Pedro como profesor, claro.
Después de tanto tiempo, para ella esto también es una experiencia nueva: “Precisamente porque es la primera vez que hago algo así de montaje de verdad, me apetece mucho que me ayuden. Aparte de que somos casi familia porque llevamos los mismos toda la vida, si hay ideas o si os apetece probar otra cosa quiero que se diga”. Aunque ella asegure no tener tablas para la dirección, sabe cómo mantener al grupo: “Siempre digo lo mismo, esto es terapia también. Cada uno viene de sus curros, sus agobios, sus hijos, sus casas, sus todo. El rato que estamos aquí es para reírnos un rato, para pasar agobios no venimos”.
En Estella, hay muy buena respuesta del público, pero Pedro aún así reconoce que, en general, suele haber bastante desconocimiento sobre la disciplina. “Hay gente que dice no, es que a mí el teatro no me gusta. Eso es porque no lo han visto, muchos piensan que es solo como para intelectuales”, lamenta. “Yo no sabía que me gustaba”, apunta Ander Osés Pueyo, uno de los actores. ¿Y entonces? “Me apunté porque estaba en paro. Quería ser un rockero, iba a aprender a tocar la guitarra y vi que había tallercicos de teatro y me apunté a ver qué tal, ¿no? Pero como a ver qué pasa porque siempre se me había dado muy mal leer, los estudios y todo. Mira, ahora la guitarra ahí está, cogiendo polvo”.

ACTO III. LIBERTAD
En una sala de la Rochapea, a la derecha, unas mujeres recuerdan su juventud en la Barcelona a la que emigraron buscando un futuro mejor; a la izquierda, esos años quedan reflejados en un lavadero de Murcia de los años cincuenta. Entre ambos espacios, pasado y presente, transcurre Un vestido azul, la obra que el grupo de teatro Jus La Rotxa prepara para este otoño.
Antonio Molina pone la música, una canción: “Cocinero, cocinero, enciende bien la candela y prepara con esmero un arroz con habichuelas”. La entonan Sagrario Zubillaga Ugarte, navarra de 80 años, y Pili Peletero López, toledana de 77. Este dúo, muy firme por cierto, ya figuraba en el elenco de los inicios de la compañía en los 80. “Nosotras empezamos desde el Colectivo Alaiz de mujeres porque Patxi Larrainzar, que era un sacerdote de aquí, de la iglesia de El Salvador, muy comprometido con la gente del barrio, escribía para grupos de teatro que ya había en Pamplona. Entonces, se le ocurrió una obra para que hiciéramos una representación y nos hizo disfrutar tanto de aquello que nos quedamos”.

En ese momento, estos centros de formación buscaban promover y potenciar acciones culturales populares, dirigidas a personas adultas, especialmente a la mujer, estimulando su propia formación, así como su participación en la sociedad y simultáneamente intentar su integración en actividades y organizaciones comunitarias. “El teatro significaba poder salir de casa, hacer algo que nos gustaba. Gracias a esto hemos ido a tantos sitios y hemos conocido a tanta gente…”, reconoce Sagrario, que casi se le hace imposible describir qué ha significado este espacio para ellas.
Por esos comienzos, el grupo ya se caracterizaba por sus obras con perspectiva de género, en los que la mujer era protagonista. “Creo que a las que nos veían les encantaba que hiciésemos ese tipo de teatro, reivindicativo digamos”, detalla Sagrario, a lo que Pili añade —cuando apuntilla algo, siempre es acertado—: “En algún momento u otro, una se veía retratada y decías qué bien”. Desde funciones que reflejaban el movimiento sufragista femenino hasta otras como Levante, que narra el amor entre dos mujeres en la Guerra Civil española, 40 años después, la compañía, ya con hombres en los repartos, sigue teniendo ese núcleo.
Eso cuenta Jaime Malón Ferrer, profesor de primaria y secundaria de 73 años y director del grupo desde 2013. Parece que las clases y los escenarios no están tan alejados: “Es una forma de desenvolverte en la vida. La cantidad de personas que les cuesta relacionarse con la gente, que les cuesta ponerse a hablar delante de los demás, ponerse a hacer tonterías… Pensamos que nosotros los mayores estamos solamente para cosas serias. ¡No! En la vida hay que hacer de todo y claro que eso conlleva hacer muchas tonterías. A mí me ha servido y a la gente que he tenido en clase también”.
“Es la vida misma”, dice con una sonrisa Miquel Domènech Clos, catalán de 68 años, otro de los integrantes. Su relación con el teatro se remonta a sus ocho años. Recuerda a Toto de Cinema Paradiso (1988), cuenta cómo en su infancia acudía al teatro al acompañar a sus abuelos al trabajo, que eran conserjes de uno: “En Navidades me empecé a meter como figurante en la obra que hacían; Els pastorets (‘Los pastorcillos’). Luego representé un papel principal (uno de los pastores) y ya, cuando lo iba a hacer otra vez, vino la mili. Hice la mili en el campamento en Vitoria. Me tocó Estella. Conocí a mi mujer y aquí me quedé”.
En la mirada de Miquel hay un atisbo de nostalgia. “En casa era algo un poco tabú. Tenías que traer un sueldo, y claro, ¿de subirte al escenario piensas que vas a vivir? Entonces, con trece años empecé a trabajar y me metí a una panadería”, contaba. Eso sí, indica, “llegué aquí y fue una libertad”.
En el punto de mira
Cuando suena esa palabra, el grupo despierta. “Libertad”. Suena alto. Y en cuestión de segundos cada uno tiene una anécdota diferente para contar. El grupo recuerda, por ejemplo, las actuaciones que antes llegaban a hacer anualmente en la cárcel de Pamplona. “Eran muy agradecidos, siempre tenían un detalle preparado. Alguna flor o escrito que habían hecho los presos”, relata Sagrario.
“A mí me chocó mucho —comienza Miquel— cuando en su momento fuimos a representar una obra ambientada en la Segunda República y llevábamos la bandera republicana. ¡No, no, no, no! Nos decían, si ponéis la bandera republicana en el escenario, no se hace la función”. Como esta anécdota tienen varias, pero lejos de reprimirse, para Jaime subraya el poder que tiene el teatro: representar cualquier realidad por problemática que pueda resultar: “Si no la gente no se molestaría, no se pondría en alerta”.

Aun en esos tiempos, Sagrario y Pili coinciden las dos en haber tenido mucha suerte con su familia —Sagrario tiene cuatro chicos y Pili tres hijas y un hijo—. “Mi marido me ha animado siempre a hacer teatro. Siempre he tenido su apoyo, desde que empecé y me sigue diciendo y no lo dejes, ¿eh?”, detalla Sagrario. Pili más de lo mismo: “¡Uy! Mi marido siempre ha estado en todas las funciones que ha podido. ¡La mejor, mi mujer!, dice”.
“Cocinero, cocinero, enciende bien la candela…” Vuelve a sonar. Esta vez la ensaya otro dúo del elenco: Asun Simón Palacios, de 63 años, y Berta Abad Martínez, farmacéutica de 56. Asun empezó hace unos 17 años en un taller que tenía el mismo Jaime Malón en un Centro de Personas Adultas —también conoció allí a Miquel—. Berta, en su caso, es una de las últimas incorporaciones. “Empecé hace cuatro años y estoy aprendiendo”, empieza a decir sin que el resto de sus compañeros le dejen acabar: “¡Todos!, ¡todos aprendemos!” Sagrario y Pili lo corroboran, “nunca dejas de aprender”.
“Lo que tienes que luchar mucho —incide Jaime— es esa frase de yo ya me sé mi texto. No. Tienes que saber el del otro también. Porque tienes que entrar en la comunicación para dar el pie. ¿Cómo te sientes tú cuando hablas con tu hermana, con el vecino, con tu madre? Tienes que entender lo que el otro está diciendo. El teatro son emociones. Tienes que vivir las emociones que tanto tu personaje como los otros te transmiten. Y si no, la cosa falla”. Todos asienten. Asun recalca: “Eso es. Teatro es dar y recibir”.
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