Zuleidys Bernada: de dormir en la calle en La Habana a fundar una empresa que reúne familias en Europa

De la precariedad extrema a convertirse en empresaria, su historia refleja la situación de Cuba y las dificultades de muchos migrantes

Zuleidys Bernada (32 años) se define como una hija de la ruina: “Vengo desde muy abajo, pero eso nunca me ha impedido cumplir mis sueños”. Pronuncia esa frase sosteniendo en brazos a su segunda hija, nacida hace unos meses en España, mientras recuerda que a los 14 años su madre la echó de casa en Cuba. Entre un punto y otro —entre aquella adolescente expulsada del hogar y la empresaria que hoy dirige una agencia de viajes y visados 100% online— hay una historia de pobreza, migración forzada, cárcel en Serbia, racismo, burocracia, precariedad laboral y una determinación que ella misma ha convertido en su herramienta más poderosa.

Zuleidys Bernada posa en una sesión de fotografía para la página web de su empresa. CEDIDA.

Su historia es también la de miles de cubanos que intentan abandonar un país asfixiado económicamente. Según datos de la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI) y organismos internacionales, Cuba arrastra desde hace años una profunda crisis estructural: salarios estatales equivalentes a apenas unos euros al mes, escasez crónica de alimentos y medicinas, inflación disparada y un sistema dual de monedas —como la tarjeta en MLC—que fragmentó aún más el acceso a bienes básicos. “En Cuba es ganarse la vida para no perderla”, resume Zuleidys. “Si eres profesora cobras diez euros al mes. ¿Qué haces con eso?”.

Desde el pasado verano Zuleidys es copropietaria de EpicDreams junto a su pareja, Sergio Almiñana (27 años), pamplonés de nacimiento. “Este año ha sido de muchos cambios”, reconoce él, padre primerizo y ojeroso desde octubre, pero agradecido por el frenetismo de los últimos meses. Aunque ahora sea emprendedor y empresario, en su currículum atesora años como camarero, en trabajos temporales y turnos extenuantes en fábricas. “Encontré estabilidad en un grupo, pero me estaba quitando la vida”, declara el navarro. Trabajaba de noche, dormía a trompicones y su salud lo estaba acusando. Fue entonces cuando Zuleidys apareció en su vida, primero para ponerla patas arriba y después para ordenarla por completo.

UNA INFANCIA FUGAZ, DOS MADRES PREMATURAS

Ella estaba acostumbrada a empezar de cero. Lo hizo a sus 14 años, cuando su madre la expulsó del hogar fruto de una convivencia rota y un bebé que estaba en camino —su primera hija, que acaba de cumplir 15 años y ya se ha reunido definitivamente con ella en España—. “Ahí comenzó mi trayectoria”, relata la cubana.

Esa misma etapa la compartió codo a codo con Kaly Zamora, su amiga de la adolescencia. Kaly no recuerda con exactitud el día en que se conocieron, pero sí el contexto: un barrio humilde, casas con goteras y una pobreza latente. “No éramos de la clase baja baja, pero tampoco de la alta”, dice ella. En Cuba, esas categorías se miden por resistencias: quién tiene techo firme o quién consigue comida. Kaly tenía una casa “en condiciones supermalas”, por lo que la mayor parte del tiempo se refugiaba en la vivienda que Zuleidys tenía alquilada. Allí compartían estrategia: cómo inventar el dinero del día siguiente.

Kaly Zamora trabajando con una paciente en su laboratorio de cosmética. CEDIDA.

“La comida era difícil, difícil, difícil”, repite Kaly. La dolarización terminó de estrechar el margen: muchos productos básicos se siguen vendiendo en dólares estadounidenses mientras el salario se paga en pesos cubanos. Con el dólar rondando los 500 pesos en el mercado informal, una pechuga de pollo en tienda puede equivaler a más de la mitad del salario mensual. Kaly estudió técnico medio en química industrial y acumuló cursos de informática, contabilidad y laboratorio, pero su formación, como a otras tantas personas, no le aupó en el mercado laboral. “Oportunidades para crecer: ninguna”. El título, dice, termina colgado en la pared si no tienes familia en el extranjero que te sostenga.

A los 18, Zuleidys salió por primera vez del país aprovechando un régimen sin visado para comprar productos baratos y revenderlos en la isla. “No tenía dinero, pero hacía negocios. Si tú vendías euros y yo te buscaba un cliente, me llevaba una comisión. Poco a poco invertía”, así sintetiza Zuleidys su modus operandi. La alimentación era una carrera diaria. Ambas tenían niñas pequeñas y ninguna trabajaba formalmente. Vendían perfumes, ropa, cualquier mercancía. “Nos la pasábamos inventando un negocito por aquí, por allá”, recuerda Kaly. En esa palabra, inventar, se resume una economía paralela que sostiene a buena parte del país.

UN VIAJE TURBULENTO

Tras casi una década malviviendo en Cuba, Zuleidys intentó salir de allí en 2020 sin éxito. Cuando regresó de España después de esta primera estancia frustrada, tocó fondo: “Dormí en la calle. Me miré al espejo y dije: yo no quiero esto para mí”. Compró un cuaderno y, espoleada por los libros de Brian Tracy o Joe Dispenza, comenzó a escribir metas. “En menos de un año me compré dos casas en Cuba y monté mi negocio”. Lo logró en plena pandemia, tras adquirir un contenedor de artículos para revender en medio del desabastecimiento. Perfumes, ropa, mercancía de rápida rotación. “La gente estaba enfocada en comprar comida. Yo pensaba: donde hay un problema, también hay un negocio que puede satisfacer necesidades”.

Como para tantos cubanos, salir del país se convirtió en una odisea: Grecia, Macedonia, Rusia y Serbia. “Iba a embajadas y me denegaban siempre. ‘El motivo no es creíble’, me decían”, recuerda la empresaria. En Serbia fue detenida y pasó por prisión. La experiencia, que menciona sin recrearse en detalles, forma parte de ese trayecto de idas y venidas que describe como una escuela forzada de aprendizaje nómada.

“Muchas personas me estafaron. Cuando no tienes nada, tampoco tienes alternativa”. Pagó por intentos fallidos, entregó dinero a intermediarios sin escrúpulos. “Eso es lo que le pasa a mucha gente desesperada por salir”, cuenta ella, con conocimiento de causa. Finalmente obtuvo visado y llegó a España, pero el sueño migratorio todavía estaría envuelto en muchas vicisitudes.

“Eres morena y encima no eres española, no vas a conseguir trabajo”, uno de los comentarios que todavía recuerda. En bancos le negaron abrir cuentas. “Me preguntaban si iba a pasar dinero de Cuba. Y yo pensaba: ¿pero qué dinero?”. En tiendas percibía miradas de sospecha.

La historia de Zuleidys no puede desligarse del contexto estructural: un país con salarios públicos simbólicos, restricciones de movilidad, crisis energética y un éxodo sostenido hacia Europa y Estados Unidos. Tampoco de las dinámicas de discriminación que enfrentan muchos migrantes latinoamericanos en España: desconfianza bancaria, prejuicios laborales, racismo cotidiano.

RESISTIR EN CUBA

A la vista de los problemas que Zuleidys encontró al asentarse en España, se le pasó por la cabeza regresar a Cuba. Pero prefirió ayudar económicamente y desde la distancia a quienes decidieron quedarse. Es el caso de Nany Segura, una joven que logró montar su propio salón de belleza. No lo hizo por vocación emprendedora, sino como una estrategia de supervivencia para pagar la renta y ayudar a su abuela. “Prosperar en la Cuba de hoy es un camino muy oscuro”, afirma. Lo describe como una montaña rusa de problemas y tristezas en un país “decadente”. Y, sin embargo, se aferra. “Aún tengo fe de prosperar acá”. La frase contiene una tensión generacional: emigrar es una idea que atraviesa a casi todos los jóvenes cubanos, pero también existe el deseo de quedarse y resistir desde el oficio propio. “Hoy amo mi profesión y me encantaría ser una manicurista profesional en mi país”, reconoce Nany.

Nany Segura muestra uno de los productos empleados en su salón de belleza. CEDIDA.

Su historia amplía el retrato que dibuja Zuleidys. No todos los caminos pasan por cruzar fronteras; algunos consisten en levantar una mesa de manicura en el salón de casa y sostenerla contra la inflación, la escasez y la incertidumbre. Cuando se le pregunta a Nany qué le diría a alguien que mira Cuba desde fuera, responde con una mezcla de realismo y fe: “Que los sueños no tienen límites. Que se duda mucho y es muy difícil, pero se logra con constancia y esfuerzo… Solo necesitan una Zuleidys en sus vidas”.

En esa frase —mitad gratitud, mitad declaración de principios— se condensa una verdad incómoda: en un entorno donde las estructuras fallan, el progreso suele depender de redes personales, manos tendidas y mujeres que empujan a otras mujeres a no resignarse.

UNA EMPRESA NACIDA DEL DOLOR

Zuleidys no se resignó, pero tampoco romantiza la dureza. La sufrió. La nombra. La sitúa. Pero reivindica la superación personal: “Antes lloraba y decía por qué a mí. Ahora digo: del dolor voy a sacar algo bonito”. Ese algo es EpicDreams, una empresa que, paradójicamente, vive de las fronteras que un día la encerraron.

El núcleo inicial fue la gestión de visados, terreno que la empresaria habanera conocía por experiencia propia. La compañía prepara expedientes, recopila antecedentes penales en Cuba, organiza documentación para embajadas europeas. “El cliente no hace nada. Se lo mandamos todo listo para imprimir”. Sabe que la confianza es frágil: “Es muy difícil entregar una cantidad de dinero a alguien que no conoces, porque hay mucho estafador”.

“Cuando recibimos una foto de una madre abrazando a su hijo después de años sin verse, es imposible no emocionarse”, explica Zuleidys. “Ahí entiendes que no solo organizas un viaje, sino que formas parte de algo más grande”. Para ella, esos mensajes son la verdadera recompensa del trabajo. “Hay clientes que me escriben diciendo: gracias por acompañarme en todo el proceso, pensaba que no lo iba a lograr”.

Sabe que su caso es una excepción. “Para el cubano lo normal no es esto. Lo normal es casarse para sobrevivir”. Ella eligió emprender. Y con una convicción inquebrantable: en su cuaderno, dice, “ya están escritas las próximas metas”.


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